Nino Bravo

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Santiago Cirugeda

Santiago Cirugeda (Sevilla, 1971) es un personaje que en otro momento habría sido marginal, carne de exposición de ideas utópicas en museos de arte contemporáneo. Hoy está transformando los lugares de ocio y residencia en Sevilla. Hace parques temporales. Levanta viviendas en azoteas o en andamios, espacios donde existe un vacío legal. La suya es una arquitectura pequeña, sin apenas medios. Con todo, el cambio grande lo están sembrando Cirugeda y sus afines en la Red. Han abierto una línea de apertura mental entre muchos arquitectos. Y también entre muchos ciudadanos en busca de cuatro paredes a las que poder llamar casa.

“Se puede y se debe hacer una ciudad con otras herramientas que no son la arquitectura: el asociacionismo, por ejemplo”, explica Cirugeda. Cree que una movilización puede cambiar una ley. De conocer cómo funcionan los sistemas de ordenación social y urbana, los económicos o los normativos, surgió su idea de replantearlos y criticarlos. Él trata de averiguar por qué no funcionan las ciudades y qué se puede hacer para mejorarlas. Entre sus referentes apenas hay arquitectos. Cirugeda habla claro. Asegura que “durante años, los promotores y los políticos han sido quienes han diseñado las ciudades”. Y que “la profesión apenas se ha enfrentado a ellos aunque ahora vengan los lamentos”. Él, su estudio y varios colectivos, asociaciones y ONG llevan años tratando de reforzar los vínculos con diversos entornos sociales, generando maneras de producir ciudad que no han sido apoyadas, ni siquiera permitidas, por ejemplo parques levantados en solares vacíos con mobiliario y macetas que llevaron los vecinos. “Es hora de que nos dejen hacer y de que se conozcan esos proyectos para que otros puedan imitarlos”, dice. Los proyectos de Cirugeda y su colectivo Recetas Urbanas hablan por él. Y aunque esa preocupación por conectar con la sociedad real no sea nueva en la arquitectura, sí lo son las redes amplias y bien conectadas que ha permitido Internet.

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Arte = Crédito cero

Texto de Jose Luis Brea sobre la mala imagen del arte contemporáneo.

1. Hacen bien -los periodistas, digo- en descreer del arte. Si lo hicieran de veras mostrarían algo de sensibilidad y sentido crítico. Pero sus actos de increencia son casi siempre los menos (por ejemplo contra los Turner de turno) y siempre son a favor de las domingadas que ellos de veras aman: Botero, Modigliani, Barceló… horteradas.

2. Por el contrario, la tarea del descrédito bien entendida, pertenece al interior mismo de un arte “bien-entendido”, que, sabido es -aunque no por ellos-, tiene por obligación el autocuestionamiento. Duchamp, los dadaístas, Broodthaers, todo el mínimal a su manera, el conceptualismo americano de las segundas vanguardias, Smithson o Aconcci … cada uno de ellos sólo producía arte en el trabajo mismo de cuestionarle la credibilidad del arte. En realidad, si todos estos trabajos tienen algo de “arte logrado” lo es únicamente en que han conseguido realizarse justamente bajo esa retórica de la autonegación inmanente.

3. “La suspensión de la increencia”. Este es el lema que los cultos post-ilustrados -si prefieren, los románticos- utilizaron para señalizar lo distintivo del discurso artístico frente a la exigencia que el positivismo rampante dirigía a los discursos y teorías de la ciencia. Para que ésta pudiera avanzar, lo primero obligado era la uesta en duda -metódica diría Descartes- de todo aquello que no pudiera demostrarse. O sea, “suspensión de la creencia”, de todo lo que sólo pudiera sostenerse “por fe”- laicidad y progreso del conocimiento, de la mano.

4. El momento del arte contemporáneo llega más tarde: es aquél que también quiere reunir producción de conocimiento e increencia: suspensión de la fe. O, como dijera Benjamin, conseguir rescatar el modo de la experiencia estética de su forma parasitaria del culto heredada de su origen vinculado a lo religioso. Una apuesta sin fe por el arte es, entonces, la única forma que puede en la contemporaneidad tomar un hacer del arte que, a la vez, lo quiera “productor de conocimiento”.

5. Aunque sólo fuera por eso, habría que agradecer los improperios desacreditadores de los horterillas con tribuna: mejor ese desprecio que la santurronería almuecina de los predicadores del mundo del arte, mercenarios de vocear su fe, e ignaros de que en hacerlo son ellos los que de verdad desacreditan al arte que pregonan, si lo fuera.

Y 6. Ya sólo queda espacio para un arte observado sin fe, analizado rigurosamente, sin préstamo de creencia. Y justamente ése punto de partida es el que distingue a una crítica (intra)sistémica y cómplice del análisis cultural crítico y no servil a las expectativas de propaganda y proselitismo que, parapetado en sus instituciones, el arte se pretende por todas partes. Hasta por los periódicos.

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